ENE - FEB 2014
Martes 29 de Octubre del 2013

Fealdad del pecado y belleza de la virtud

Hoy en día, hablar de Jesucristo, hacerlo “ver” es difícil, pero no es imposible. Los jóvenes parecen distraídos por mil cosas, nos parecen casi inabordables en temas religiosos. Pero es solo una impresión superficial. En mi época, como hoy, el problema no era tanto hablar de Jesús, cuanto la forma, el tono, el enganche. Te podrá parecer extraño, pero algunos de mis contactos con los chicos no se produjeron en la sacristía o a la sombra del campanario. ¡Ni mucho menos! Muchos encuentros comenzaron en las plazas de Turín, o alguna de los muchos callejones del centro histórico.

Al principio de mi apostolado sacerdotal don Cafasso, un sacerdote amigo que había elegido como director espiritual, me había dado un consejo de oro: “Vayan por la ciudad, mirad el entorno”. Los jóvenes debía encontrarlos en su ambiente, encontrarlos donde se reunían. Si les hubiese esperado en la iglesia, habría perdido tiempo valioso y miles de ocasiones. Debía reunirlos en su “territorio”, al aire libre. Valía la pena intentar...

Una túnica negra

Eran fuertes, a primera vista, alegres, a veces violentos, fácilmente llevados a peleas y al uso del cuchillo. “Mirando el entorno” conocí a muchos jóvenes. Me parecía que iban en busca de cualquier tipo de diversión, porque al final no sabían alegrarse. Mofaban, pero no reían. Después de una mala palabra o un juramento, después de una maniobra que desencadenaba momentáneas exclamaciones de burla y de risas, arremetía de repente un silencio irreal, el vacío. Luego, después de un comienzo cuando tuve que pasar por alto las actitudes y palabras, era mi turno para entrar en la conversación. Se sentían curiosos, pero no parecían incómodos por la pre-sencia de una sotana negra; a menudo, se terminaba en una taberna frente a una o varias botellas de vino. Lo que a los ojos de las personas bienpensantes era una falta de decoro eclesiástico, fue para mí una maravillosa oportunidad que no podía perder por nada del mundo. Yo estaba interesado en sus vidas, preguntaba noticias de sus familias, llegué a saber si trabajaban y en donde; luego tiraba una pregunta acerca de la vida cristiana y concluía invitándolos a venir al oratorio, aunque solo fuera para dar una mirada. La mayoría de las veces la cosa funcionaba. El domingo siguiente me los encontré a todos o a la mayoría de ellos, en la fila para recibir el pan con el corte obligatorio de salami, algunos me saludaban y me decían una palabra; incluso algunos para confesarse. Yo sabía que iba en contra co-rriente y de estar creando un cierto malestar entre algunos de mis compañeros sacerdotes. Pero yo necesitaba a los jóvenes, no porque - y algunos lo decían ya en mi época - eran el futuro de la sociedad, y mucho menos a causa de un paternalismo diluido porque me daban pena y merecían algo mejor. Tenía necesidad de amarlos, escucharlos, darles atención y respeto.

Viviendo en medio de ellos, me convencí de que los jóvenes estaban buscando respuestas, querían una confrontación real y seria con el mundo adulto; no solo buscaban personas con el dedo ya señalándolos, como signo de desaprobación o, peor, de condena. Buscaban adultos capaces de “provocarles”, de sacudirlos. Pero, sobre todo, capaces de comprenderlos y amarlos. Para ello, querían los adultos en su vida cotidiana, no por un momento; exigían tiempo, mucho tiempo. Sin prisa. Sin etiquetas. Con los jóvenes aprendía a ser su amigo, al igual que en los días del Convito eclesiástico había aprendido a “convertirme en sacerdote”. Trabajar con y por los jóvenes significa para mí realizar un ideal apasionante que acariciaba para la vida. Entendí que la única nostalgia posible era la nostalgia del futuro, es la de la esperanza. Para lograr este ideal, dije: “Es necesario tratar de conocer nuestros tiempos y adaptarnos”. No por fatalismo, no por falta de objetivos, sino porque presentaba su vida como un camino de libertad que debe ser conquistado día a día; y por lo tanto, debían saber aceptar y afrontar la lucha, el desafío. Lo recordaba a menudo a mis muchachos: “La sabiduría es el arte de bien gobernar la propia voluntad.”

Dios lo quería

A los mejores, a los más generosos añadí: “No perdáis tiempo, haced el bien, hacedlo a muchos y nunca os arrepentiréis de haberlo hecho”. Retándolos un poco decía: “Si un pobre sacerdote, sin nada y menos que nada, bombardeado por todos y desde todas partes, podía llevar las cosas hasta el punto en donde ahora se encontraban, ¿cuánto bien el Señor no espera de 330 individuos sanos, fuertes, de buena voluntad, dotados de ciencia y con las herramientas potentes que ahora tenemos en la mano?”. Esta última frase merece una explicación. Recuerdo muy bien cuando la pronuncié: fue a principios de 1876, durante la reunión anual con todos los directores de las casas. Había escuchado a estos mis colaboradores, los Salesianos que años antes había acogido siendo muchachos, en Valdocco. Y me habían encantado tantas cosas be-llas que estaban haciendo en varias ciudades de Italia, Francia y Argentina.

Todo comenzó 30 años antes en ese pequeño cobertizo Pinardi. Con el corazón lleno de emoción y gratitud revivía esa experiencia iniciada al lado de mi madre, “¿Qué cosa había aquí, donde estamos ahora reunidos? ¡Nada, absolutamente nada! En este lugar y en los alrededores había campos sembrados de maíz, repollo, algunas verduras, y nada más. Una pequeña casa, o más bien una choza con una taberna de pie en el centro, miserable al verla desde el exterior, más miserable al interior. Y por encima de todo era casa de inmoralidad. Yo corría aquí y allá tras los jóvenes más traviesos, más disipados; pero ellos no querían saber de orden y disciplina, se reían de las cosas de la religión, de las cuales eran ignorantes, blasfemando el nombre santo de Dios, y yo no podía hacer nada... Un pobre sacerdote, solo, abandonado por todos, incluso peor que solo, despreciado y perseguido: tenía una vaga idea de hacer el bien, aquí, en este lugar y hacer el bien a los pobres chicos. Este pensamiento era lo que dirigía cada uno de mis pasos, cada una de mis acciones. Yo quería hacer el bien, hacer mucho bien, pero hacerlo aquí. Parecía entonces un sueño el pensamiento del pobre sacerdote, y sin embargo, Dios lo realizó, llevando a cabo los deseos del pobre hombre... Cómo se han realizado las cosas, no sé como explicarlo. Lo que sé, es que Dios lo quería”. Y era esta esperanza, hecha de confianza y prudencia, que me estabilizó en esos inicios delicados y difíciles.

Los jóvenes que conocí, los jóvenes que encontré e hicieron parte de mi vida pedían, soñaban un ideal. Quién llegaba primero los conquistaba. Me convencía cada vez más que si no hiciese algo por ellos en ese preciso momento, otros lo habrían hecho mañana y se habrían robado la juventud. Después de gastar la vida por ellos puedo afirmar que no se puede generalizar, acusándolos de falta de impulso, como si fueran todos sin corazón.

EDICIONES ANTERIORES:

Seleccione el año y el mes para visualizar el boletín o descargar la versión digital.